Que entre huecos se entienden, es parte del conocimiento popular. Que lo mismo busca de lo igual, es harto consabido.
Pero algunas intelectualizaciones merecen establecerse con respecto a estas cuestiones.La gente superficial suele hallar -las más de las veces- aburrimiento en cuestiones cuyo valor reposa en estratos más profundos. No porque sean brutos ni almas poco educadas, sino porque su estilo de gozo se halla presente a plena vista y cualquier trabajo intelectivo para apreciar lo oculto, se hace tedioso. Esto conlleva a que para que alguien pueda saber apreciar la compañía de un superficial, ese alguien no necesariamente debe ser un semejante, sino alguien que comparta con su acompañante, gustos afines y exista cierta simpatía de intereses. Pero el "superficial" (a falta de una mejor definición) no se cierra ante cuestiones superiores (o mejor dicho, profundas). Generalmente la persona de este tipo no disfruta la compañía de otra clase de gente, pero no es raro que la vida misma los lleve, más tarde que temprano, a buscar nuevas sendas y se halle interesada en una profundidad que jamás cala muy hondo, pero que de todas formas supone una "evolución" en sentido "profundístico" (palabra inventada).Por esto es regular escuchar a una persona superficial decir: "quiero encontrar a alguien interesante" ---> por ejemplo. Dios sabrá en quién encontrarán dicha compañía, pero esa es otra historia.A lo que voy, es a que -en primera instancia- el hueco no odia lo profundo, sino que puede que no sepa reconocer su valor, pero una vez que lo hace, ya no puede volver atrás. El hueco no es malo, es simplemente ciego momentáneamente (o para toda la vida si tiene mala suerte).Los sabios de la vida, por otro lado, están despiertos a encontrar belleza y amor en todos lados. En lo lindo y lo feo, en lo bueno y en lo malo, saben encontrar propósito, enseñanza y algo que merece ser apreciado. Los sabios de la vida aman al culto y al ignorante por igual. No por sus potencialidades, sino por su naturaleza particular. Aman al culto por sus capacidades, al ignorante por su nobleza y al bruto por su inocencia. Estos sabios, los sabios cuyos dotes vienen dados por la experiencia, representan, en alguna medida, un alma pura, sabia, que a todo le encuentra un lugar.PERO existe una raza pérfida y ruin incapaz de amar lo distinto y que sólo busca lo semejante.Los sabios de los libros -en contraposición a los sabios de la vida- poseen un conocimiento adquirido gracias al trabajo y las intelecciones de otros.El prestigio que dicen poseer en realidad pertenece a hombres mejores que los antecedieron. Así, el filósofo instruido cree vestir ante los ojos de la humanidad toda, los honores que les son propios a los autores que ha estudiado. Los filósofos sobre todo, hablan del Hombre con gran pasión y resaltan las virtudes humanas, pero al entrar en contacto con hombres superficiales, se burlan de ellos y les resaltan sus defectos y cuando llegan a conocer a los sabios de la vida, se lamentan de que estos últimos no hayan tenido acceso a los libros. Los sabios letrados sólo buscan a otros sabios letrados, no por amor sino -la mayoría de las veces- por competencia o por mera reciprocidad. Son incapaces de ir a la superficie con gozo e incapaces de reconocer y apreciar la belleza obvia. No se dan cuenta que aquello que les infla el ego y les da soberbia -su conocimiento intelectual- no es visto de igual modo por los superficiales ni es lo que de ellos aprecian los sabios de la vida. Ellos están orgullosos de sus logros y equivocadamente creen que el resto los admira por la misma razón -cosa que no es así-El filósofo habla del hombre común, pero no puede reconocerlo cuando lo tiene al frente, puesto que todo su conocimiento existe en papel, no en la realidad. Esto los aleja más y más de su objeto de estudio y derrumba todo trabajo efectuado sobre él, convirtiéndolo en un teórico desdeñoso y soberbio.Si al leer estas líneas ustedes piensan que yo pertenezco a esta tercera clase de hombres, se equivocaron feo. Yo soy desdeñoso y soberbio, pero sin ningún otro mérito que compense, puesto que de filosofía no entiendo un carajo.
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