Por temor al fracaso aprendí a ignorarlo, a reírme despectivamente ante su eventual presencia. Se me hizo carne esta conducta; esta respuesta se volvió parte de mí. Aprendí a hacer que el fracaso se avergonzara ante mi persona y no a la inversa. Pero sucedió pues, que un buen día el éxito golpeó a mi puerta y yo tenía sólo una única respuesta para darle, mas no sabía qué hacer con él. Y fue así como también el éxito se avergonzó de mí.
Este es, según mi experiencia, el camino a la mediocridad: Que no te importe.
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